Señor mío y Dios mío, Trinidad omnipotente, omnipresente, omnisciente, omnibenevolente y sempiterna, yo indignisísimo siervo tuyo, apelo a tu divina misericordia porque me siento mal por mi pecado.
Muy de temprano me levanto atribulado, recordando todo lo que te he ofendido, las horas transcurren, el día me parece como una noche llena de nubes muy negras que casi tocan mi cabeza, me envuelve la desesperación de que te hallas alejado de mi, no me siento más grande que el gusano que se asoma de la tierra, pues me da temor que ya no te inclines a escuchar mis plegarias que a cada momento te dirijo.
Me siento a la mesa y aún cuando invoco tu santo nombre, creo que no deseas bendecir mis alimentos por la suciedad que hay en mis manos, por la iniquidad que hay en mi corazón. Me siento insatisfecho, mis alimentos a nada me han sabido, todo se me ha caído de la boca al plato. De la mesa me lavanto tembloroso, no puedo pedirte misericordia en voz alta, sino más bien murmuro mis oraciones pues creo que soy un hipócrita que no merece más de ti, mi clementísimo Señor: ¡Por favor perdoname, ten misericordia de mí, pecador miserable e indigno siervo tuyo, vuelve a inclinarte a escuchar mi oración, no dejes que termine mi existencia de esta manera, dame inteligencia y sabiduría para reparar el daño que he causado a los que amo, ven Señor y dame tu mano, sacame de este abismo profundo en que me encuentro! ¡Non derelinquas me Domine, Deus meus ne discesseris a me. Intende in adiutorium meum Domine, salutis meae!
Ya en la tarde, me siento muy débil, como un sonámbulo angustiado, apunto de desfallecer, y con la fe consumiendoseme logrando apenas ilustrar mi mente sobre ti Señor, de nuevo a invocarte me atrevo: ¡Oh Trinidad Santísima y misericordiosísima, te suplico que no llegue el fín de mi vida sín que escuches mi plegaria, apiadate de los quejidos que salen de mi alma cada ves que late mi corazón! ... de pronto, aún sin finalizar mis palabras y como suave brisa que refresca mi rostro, tu dulcisísima, benignisísima y amabilisísima presencia en mi alma, ¡eres tu Señor y Dios mío!
De inmediato me pongo de pié, pero al instánte mis rodillas se doblan y caen al piso, mi frente toca la tierra, ¡es tu infinita misericordia!
Que tontos aquellos que no temen a Dios, que creen que el todopoderoso no se ofende y se llena de ira con el pecador que no se arrepiente. Que tontos aquellos que creen que sólo por fe y sín obrar se salvarán. Que tontos todos aquellos que han traicionado a la Iglesia del Señor. Que tontos todos aquellos que no respetan la casa de Dios y que la usan para socializar. Insensatos aquellos que menosprecian la presencia de Dios en élla, especialmente aquellos que no creen que después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, divinidad y alma, bajo las especies de aquellas cosas sensibles, pan y vino. Incensatos pues, aquellos que con una ínfima e irrisoria cantidad de conocimiento adquirido en la escuela humana, no entiendan que no hay repugnancia en que el mismo Cristo nuestro Salvador este siempre sentado en el cielo a la diestra del Padre según el modo natural de existir, y que al mismo tiempo nos asista sacramentalmente con su presencia, y en su propia substancia en otros muchos lugares con tal modo de existir, que aunque apenas lo podemos declarar con palabras, podrían ellos no obstante alcanzar con su pensamiento ilustrado por la fe, que es posible a Dios, y deberían firmísimamente creerlo. Imprudentes aquellos que ofenden a su madre María Santísima, ya que hasta los asesinos y los ladrones cumplen con el cuarto mandamiento honrando a su madre, con cuanta más elocuencia mi Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero, honra a su Madre Santísima.
A pesar de que a los míos los he abanonado con el corazón aflijido, que le he hecho daño a los otros, y aún por todos mis otros muchos pecados que a mi alma desgarran, tu mi Dios que conoces mi corazón, ahora verdaderamente contrito, te has dignado a escucharme. Derramas unas gotas de tu gracia divina sobre mi alma, y en ese preciso momento me lleno de deseos infinitos de correr apresurado a ofrecerte el Santo, Puro e Inmaculado Sacrificio de tu amadísimo hijo Jesucristo. Por esa misma gracia que me has regalado, renace en mi corazón la fé que se me estaba consumiendo, y por mi libre respuesta a tu llamado, me encuentro ya en tu Santa Iglesia. El santo sacrificio inicia, entre el humo del incienso veo un ejército de angeles, y yo con ellos, a ti Padre eterno, Señor y Dios mío, te alabamos, te bendecimos, te adoramos y te glorificamos. Momentos después, tu amadísimo Hijo Jesucristo que es al mismo tiempo sacerdote y víctima, utiliza los labios de su sacerdote para pronunciar las palabras de consagración sobre el pan y después sobre el vino, entonces, el mismo y único sacrificio de Jesucristo en la cruz se hace presente y se perpetua en el altar de su Iglesia, su preciosísima sangre se separa lentamente de su preciosísimo cuerpo, la hostia consagrada, derramandose gota a gota en el cáliz, hasta que la víctima divina tomando mi lugar muere místicamente en el altar.
Al ofrecerte Padre de misericordia, el cuerpo y sangre de tu Hijo, apaciguo tu ira, como gotas de agua que caen en el fuego mis pecados veniales se van discipando, la pena del pecado que hasta ahora calcinaba mi alma ha comenzado a extinguirse y mi alma se alimenta de gracia. Al finalizar la Santa Misa, mi corazón me mueve a ir al confesionario para que expies mis pecados mortales, y de esta manera me presente ante tu altar, ya como un hombre limpio y renovado para de nueva cuenta ofrecerte a tu divina Majestad, la hostia santa, la hostia pura, la hostia inmaculada... el pan santo de la vida eterna y el cáliz de perpetua salvación, y al final sea digno de recibir la santísima eucaristía: ¡cuerpo y sangre preciosísimos de mi Señor Jesucristo Dios y hombre verdadero!...

Y finalmente, ya pueda morir en paz.